¡Hola! En este post quiero escribir una especie de manifiesto y una introducción, para que me conozcas un poco más. Y se me ocurrió hacerlo mediante esta frase que me pareció muy motivadora: Viajar te cambia ¡y te hace feliz! ¿Por qué? ¡Te lo cuento acá abajo!
Lo que a mí me interesa es contarte cómo llevé mi proceso de pasar de ser una persona que ni se imaginaba irse de vacaciones sin un conocido, a ser una viajera que puede irse de viaje sola, con amigos, con pareja, con familia, o con Couchsurfing. Y además, contarte por qué viajar me cambió a mí.
Cuándo y cómo empecé a viajar.
El proceso fue largo, por supuesto. Hace dieciséis años que viajo de mochilera y ya se cumplieron unos trece desde que me fui sola por primera vez, aunque viajar, lo que se dice viajar, lo hice toda la vida. Yo nací en Brasil pero soy hija de argentinos, así que hasta los seis años vinimos siempre a Argentina, para pasar las fiestas en familia. Ahí practicábamos una especie de couchsurfing, nos dividíamos, algunos íbamos a lo de mis abuelos paternos, otros a lo de los maternos. Y pasábamos todo el mes recorriendo Rosario como si fuéramos turistas. Algunas veces veníamos en auto, y tardábamos como tres días en llegar. Claramente era una road trip entre Argentina y Brasil.
Durante mi infancia y adolescencia hice los típicos viajes familiares, en los que íbamos todos juntos al mar: tíos, primos, abuelos, tíos abuelos (mi tío abuelo tenía casa en Valeria del Mar y allí íbamos cada verano). Luego en mis primeros años de juventud comenzaron los viajes con mi barra de amigos, a las sierras o al mar, en la primera o segunda quincena de enero. Y después de varios años con esta modalidad, ¡se terminó la joda! Vinieron un par de años en los que me quedé sin amigos para viajar. Tenía veintitrés años y todos estaban estudiando, ya de novios o sin dinero, y yo no volví a encontrar compañeros. Y no volví a viajar por largo tiempo.
¿Cuándo fue que cambió todo?
Mi primer viaje de mochilera llegó allá por el 2004. Conseguí con quien viajar y me fui a Mendoza. Yo venía de unos años muy malos en mi vida y estaba pasando por un momento en que le tenía miedo a casi todo. Pero me fui con tres amigas aventureras que me desafiaban a superarme día a día. Ya de entrada querían hacer todo el itinerario a dedo. Hacíamos base en Potrerillos, un pueblito del Corredor Andino, y de ahí hacíamos autoestop hacia cualquier parte. Eso a mí ya me llevó a desafiarme un montón, cada persona que paraba en la ruta me hacía latir fuerte el corazón, rezando para que no sea un asesino en serie, un violador o algo así. Contrario a ello, la gente que nos llevó siempre fue súper amable.
Yo era una persona llena de miedos. Miedo a todo. No te imaginás los miedos tontos que tenía: miedo a hacer dedo, miedo a la gente, miedo a estar sola en una terminal de ómnibus de noche, miedo al camino si llovía, miedo a los precipicios, a la velocidad, a los aviones. En fin, te juro que la lista es larga. Y en realidad te confieso: ¡sigo siendo una persona miedosa! ¡Bastante miedosa! Aún le tengo mucho miedo a los aviones y a los precipicios, esos son los más fuertes. Pero una de las cosas que me demostró el viajar es que hacerle frente a esos miedos siempre te lleva a un lugar mejor, y que ¡realmente vale la pena!

Ese viaje me cambió por completo. Por empezar, ya nunca quise volver a ir a la costa quince días en enero. Además tuve infinidad de “primeras veces” y de experiencias fuera de serie: conocí los hostels, aprendí a hacer dedo (autostop), acampé con tres personas más en una carpa para dos, practiqué inglés después de muchos años, crucé Los Andes y bajé por los caracoles (muerta de miedo, obviamente).
También viví aventuras de todo tipo, como ir 8 personas en un camión de combustibles por la cordillera, cantando canciones de cuna en portugués; acompañar a un chico que se había escapado de su casa para ser guía de rafting, a cumplir su sueño; hacer un rafting nocturno con fogón y fiesta incluidos gracias a nuestro nuevo amigo; dormir en un cuartito tipo locker una noche en Chile y que un chef nos regalara comida porque le dimos pena (Chile estaba muy caro en ese entonces, y no teníamos suficiente dinero); ir a un “camping del horror”; dormir en casa de los guardavidas de Cacheuta y agarrarnos pulgas en un hostel.

Allí hice mis primeros amigos viajeros, lo que fue una sorpresa para mí en ese momento (¡y pensar que hoy me resulta tan natural!). En fin… ese viaje me aportó aventuras muy divertidas, me reí como nunca, y me obligó también a superar muchos miedos. A partir de entonces, mi vida en Rosario ya nunca sería igual. Me puse en modo viaje y comencé a planear escapadas cada vez más seguido y siempre de mochilera. Y llegué a esta conclusión: ¡viajar te cambia!
Entonces, he aquí mi manifiesto: ¡Viajar te cambia!
¡Y vaya si te cambia! Yo creo que a mí, además de bajarme la intensidad de los miedos, me volvió una persona mucho más alegre. Quienes me conocen de la facultad, o de la secundaria, cuando me encuentran me suelen saludar con un ¿cómo andáaaass? (léase con voz de perrito mojado, como quien le habla a alguien que siempre está triste). Quienes me conocieron como viajera, en cambio, me consideran una persona sonriente, y lo sé porque lo leí en la mitad de mis referencias de couchsurfing.
A esa frase no la inventé yo, se la robé a mi ídolo (total) Anthony Bourdain. Era él quien decía que Viajar te cambia, y por supuesto, lo decía en inglés. Pero desde el primer día que la escuché me hizo ruido y me dejó pensando. A mí, viajar me dio perspectivas de vida, me volvió más empática, me hizo ser mucho más agradecida con la vida y creo que me ha dado un gran crecimiento personal. Yo agregaría al lema de Anthony: Viajar te cambia. Y te hace feliz.

Resumiendo, mi proceso fue así: viajé, y eso me cambió y me hizo feliz. Dejé de lado los miedos, me volví más sonriente, conocí muchísima gente, saqué muchísimas fotos, viví aventuras que no hubiera vivido en mi rutinaria vida, me hizo amar aún más a la naturaleza y descubrir que necesitaba menos cosas materiales, me hizo pensar en viajes casi a diario, me volvió empática, agradecida y me puso en modo abundancia.
Es que además, los viajes tienen esa cosa hermosa que es que se disfrutan tres veces: cuando los organizamos, cuando los vivimos y cuando volvemos, por las experiencias que nos dejó. O sea que si viajás seguido como yo, es como que estás viajando todos los días. En general suelo hacerlo unas siete, ocho veces por año. A veces a lugares muy cercanos, como Buenos Aires o Córdoba. Otras a lugares más lejanos pero aún adentro de mi país. Y otras veces al exterior. A veces me ha pasado que faltaba una semana para hacer un viaje largo y ya estaba comprando pasaje para ir a otro destino un mes después. Sí, soy ansiosa, pero a la vez así tengo la cabeza en modo avión todo el tiempo.

Y eso es lo que quiero alentarte a hacer. Viajar, viajar mucho. No solo en tus vacaciones, sino también cada fin de semana largo que puedas. Y que no tengas miedo a aventurarte solo, porque nunca vas a estarlo. Y que si alguna vez te animás, también hagas un viaje largo. Vas a ver que cuando empezás a viajar, el mundo se ve de otra manera, y tus ideas previas sobre la vida en general comienzan a cambiar.
Quiero que te pique ese bichito de cerrar la puerta de casa con un pasaje en la mano. Y que ese bichito te pique cada día más seguido, que te cebe, que esté todo el tiempo en tus pensamientos; que tus viajes se transformen, de unas vacaciones de enero, a un modo de vida. La idea es que, una vez que arranques, ¡nunca dejes de viajar!
¿Y vos? ¿Sentís también que viajar te cambia? ¿Cómo te gusta viajar? ¿Cuáles son tus miedos? ¿Qué te hace feliz? ¡Te leo en los comentarios!
¡Nos vemos en las rutas!